martes, 6 de marzo de 2012

TRIPULANTES DE UN VIEJO BOLERO - GUILLERMO ORSI


 Tripulantes de un viejo bolero - Guillermo Orse
TRIPULANTES DE UN VIEJO BOLERO.
AUTOR: Guillermo Orsi.
EDITORIAL: Almuzara.
I.S.B.N.: 978-84-15338-18-5 
Nº DE PÁGINAS: 264.

La escritura del argentino Guillermo Orsi crea adicción, y, como una concesión temblorosa a la anhelante necesidad fisiológica de su literatura, desembarcamos en su último –por ahora- título aparecido en España, “Tripulantes de un viejo bolero” de la mano de la editorial cordobesa Almuzara en su colección Tapa Negra. “Tripulantes de un viejo bolero fue publicada por primera vez en 1995 en el sello argentino Ediciones de la Flor.
¿Es Tripulantes una novela negra? Puede serlo, puede no serlo. Hay en ella, tras el escenario del fracaso de unos personajes que se derrumban con cada aliento, el propio derrumbe de un país y sus instituciones, la crítica amarga de una realidad circundante que exaspera, una ligera trama policial, intensa al final, que se pierde entre los vericuetos de lo sugerido, de lo entrevisto, y poco en el límpido andamiaje de una historia límpida a fuer de complicada.
Luis Valenti es locutor en la emisora de radio local de un pueblo perdido o aburrido. Luis Valenti perora frente al micrófono letanías de desamor, desesperación, escepticismo y, por lo tanto, lucidez, con mucha melancolía y mucho juego conceptual, quizás a veces no del todo sincero o tangencialmente doloso:
“-Pero también hay poder en la palabra hueca y dulzona –trata de consolarlo Luis-, en el parloteo finamente instrumentado para que parezca un discurso coherente y sobre todo profundo; la gente tiene las locas pretensiones de andar buceando no se sabe qué, aunque sin despegar el culo de la superficie. Necesitan comprar trascendencia…”
 Luis Valenti tiene, asimismo, un pasado de prófugo de la última dictadura argentina, un exilio en París colmatado de pasión por Mónica compartida con una especie de mentor de acogida en la capital del Sena llamado Santillán. Luis Valenti tiene, finalmente (decir finalmente es muy osado) una mujer que en realidad es la otra, como se les llama en la copla a las amantes, porque su verdadera mujer es Leonor, la verdadera amante, su compañera de micrófono y programa; hasta que un día a Luis Valenti se le cae encima de nuevo su pasado cuando se reencuentra, o cree reencontrarse, o las dos cosas a la vez, con Mónica, la mujer, la hembra de su memoria.
Tripulantes de un viejo bolero, tripulantes, perdedores, claro, de un antiguo velero surcando espumas hacia el amor o la nada, trabalenguas, juego de palabras de boleros y veleros, transportes ambos en pos de la aventura, la perdición, el amor quoi que dirían los franceses. “Tripulantes de un viejo bolero” es una extraña novela negra, si es que lo es, cosa de la que tampoco el propio autor está seguro, según me confiesa, a pesar de que la editorial cordobesa así la haya catalogado; seguramente sí, una novela psicológica, un tratado del desgarro sentimental, un cúmulo de liaisons dangeureuses sin el glamour de Choderlos de Laclos, un nuevo Ars Amandi para tiempos de crisis y de puesta en cuestión de casi todo. En 2004 volvió a perseguirle a Orsi el malentendido –bendito malentendido- de la clasificación de otra novela, “Sueños de Perro” (Umbriel, Argentina, 2004), considerada también negra por su marco policíaco, aunque para el autor no lo era, o no del todo –de nuevo quizás más psicológica, ¿es que acaso los polars no lo son en definitiva?- Pero este es un hecho del que no se queja en absoluto y que además le acarreó el premio Umbriel de novela negra y la invitación a asistir a la Semana Negra de Gijón de aquel año.
El humor. Ese humor especial e infinito, específico, genuino, que ha hecho de Orsi un autor inimitable y de sello (de culto, cosa que le hace sonreír) es en Tripulantes un atisbo del que prodigará en posteriores novelas. No está la trama para estos bollos del humor, sí para mucho sarcasmo, que es quizás el humor de los perdedores, de Luis, de Leonor, de Martínez, el jefe de la radio, otro que tal baila en este bolero inteligente y malvado:
“-Parecemos tres piratas desahuciados, incapaces ya de ningún abordaje…”
Y al sarcasmo del perdedor adjuntemos, como en un correo electrónico enviado al azar del desamor, el cinismo, como cuando Luis Valenti habla por última vez con su mujer –la legítima- que lo ha dejado y le conmina a abandonar la casa, que es suya:
“-¿Estás solo?
-Mal y como siempre –responde Luis-, en ese orden.
-¿Te gustaría oír ahora que sos un miserable, que yo diga seguro que la arrastrada ésa está con vos, que sos un cínico y con mi mejor voz de pito te grite sos una porquería y cuelgue?
-Demasiado largo, vamos por partes. ¿Por qué no una síntesis?
-Sos un hijo de puta.
-Eso está mejor –dice Luis-, porque alude al origen. Vas ganando en precisión.”
-Te quise –descubre Marta, con un tono grave de fantasma sorprendido en paños menores-: Y creí en vos –agrega, como a quien se le escapa el cartucho de la recámara.
-Ahí está el error, querer no es creer. No es malo amar, siempre que no se abandone cierto escepticismo.”
Aunque los mejores pasajes los escribe / dice Luis ante, a, para, con Leonor. Cuando le descubre la vacuidad de sus vidas, de la vida, en ese pueblo mediocre:
“Sonríe. Ella también lo haría, si lo viera allí, derrumbado en la cama de un hotel de provincias, demolido por esa vida mezquina, por el agotamiento de lidiar cada día con lo previsible.”
Cuando se reconoce a sí mismo la vacuidad de sus propios interiores:
“La cabeza gira y quisiera poder arrancársela, hundirse en una nada silenciosa, un agua profunda que le impida pensar o recordar.”
Cuando le conmina a Leonor a darse cuenta de la vacuidad del futuro, cosa que supone la negación misma de cualquier porvenir:
“-…Y el futuro –lo sospechás, Leonor, desde que me conociste- es para nosotros un rumbo ciego, el clásico camino a ninguna parte por el que se internan los suicidas.
-…Leonor, admitirías que somos lectores muy parciales de esta realidad que nos condena…
-Necesitás una costa, supongo. Tierra firme, aunque no sea la prometida.”
Y, por último, la complicidad. La complicidad del lector, que es la manera amistosa y cercana de la solidaridad –con los personajes, claro- y el caritativo e insincero disfraz de la conmiseración. Porque Guillermo Orsi apela magistralmente a nuestro corazón, o mejor, a nuestro corazoncito, para que nos identifiquemos, como en una buena película de intrigas o desventuras, con esta caterva de perdedores sin rumbo ni velero amarrados al duro banco de un bolero de Goyeneche, flotando en las olas del desamparo -que al final es lo primordial en esta historia- como aún flota el espíritu de Carlos Gardel sobre la pista del aeropuerto Las Playas de la colombiana Medellín.
Digamos sin reparos, tras leer “Tripulantes de un viejo bolero”, como aún dicen de Gardel en versión cantante, que este Orsi cada día escribe mejor, sin importarnos que esta novela sea anterior o posterior a la última que de él hayamos leído.
¿Novela negra? Puede. Veamos qué nos dice Almuzara al respecto:
“En un dorado Mercedes abandonado al borde de la carretera, en las cercanías de una pequeña ciudad de provincias, la policía encuentra dos cuerpos desnudos; el de un hombre orondo, ya muerto, y el de una bella mujer que ha sobrevivido para verse confinada en un hospital. Luis Valenti, un cáustico locutor de radio, enredado en un adulterio casi público con Leonor, compañera en la misma emisora, se adentra en una madeja que le remite inexorablemente a un turbio pasado. Al llegar junto a la víctima todo cambia, porque todo regresa. Valenti conoce a esa mujer… o cree conocerla. En aguas que parecían claras, cristalinas, empiezan poco a poco a reflotar los tripulantes de un viejo bolero de Goyeneche.
Una intriga colmada de sarcasmo y henchida de lirismo a cargo del gran maestro de la novela negra en las letras hispanas, que se entreteje de manera admirable con el pasado reciente de Argentina, entre el drama íntimo, político y policial.”
Bueno, vale. Pero dejemos al comisario Arana que nos diga algo también sobre ello, a pocas páginas antes de terminarse la novela:
“-¿Se da cuenta, Martínez? Una historia en la que los asesinos confiesan crímenes imposibles de comprobar y donde la justicia, o lo que sea, llega por otro lado. Yo me abro de lo que no entiendo, che”.

Alberto Díaz-Villaseñor
(reseñado igualmente en  masquepalabras.info)

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