lunes, 8 de agosto de 2016

"A tumba abierta", de Raúl Argemí

EL ESCRITOR Y PERIODISTA ARGENTINO RAÚL ARGEMÍ SE LANZA EN ESTA ENTREVISTA A COMENTAR SIN PAMPLINAS SU ÚLTIMA NOVELA “A TUMBA ABIERTA”

MUERTE, GUERRILLA, SUPERVIVENCIA, PASTA, DESENCANTO Y AMOR EN UNA HISTORIA MUY NEGRA Y MUY ADICTIVA

Raúl Argemí es un escritor contundente, solvente y envolvente. Tanto ente posee en su poderosa escritura que lo considero uno de los exponentes (otro ente) indiscutibles del género negro en lengua española. Aunque limitar al género negro a Raúl Argemí es indecente (más entes) porque, al igual que dicho género, este autor dispone de una sintomatología escritural polivalente (y dale) que lo mismo descuartiza casos verídicos, como en “Retrato de familia con muerta” que nos eleva a los cielos boxísticos de la mano de un miembro de la corte celestial que protege a un héroe popular en “El ángel de Ringo Bonavena”.




Raúl Argemí es un lujo para nuestras letras, considerando eso de “nuestras” a las que engloban a cualquiera que hable, piense, maldiga (putee, dirían en su país, Argentina) y escriba en español. Quien quiera saber más de su impresionante biografía y de los importantes premios que ha conseguido, que consulte a San Google, pero lo que sí resumiremos es que nació en el barrio obrero de El Mondongo de la capital de la provincia de Buenos Aires, que no es Buenos Aires, so listos, sino La Plata. Diremos que su vida está muy marcada por su militancia política y guerrillera, que perteneció al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y que anduvo perseguido y encarcelado en su país, y después exiliado en España. Ahora vuelve a  estar en Argentina dedicado, entre otras cosas, al periodismo (por la Patagonia, me parece), y a escribir magníficas novelas. También tenemos que reseñar, por cuanto atañe a nuestra tierra, que fue el invitado de una de las ediciones de las jornadas de novela negra de Peñarroya (PÑ-Negra) donde dejó un recuerdo muy pero que muy sustancioso.

Y precisamente la novela que es objeto de esta entrevista, su última novela, “A tumba abierta”, narra la experiencia de un imaginario activista revolucionario cuyos rumbos conoce al dedillo el autor, porque son los mismos que los suyos. Una novela impresionante, muy dura (como debe ser y se espera), imprescindible, que entra a destripar el autor en esta entrevista sin ambages, dando caña, poniéndose estupendo, con razón, ante algunas preguntas, hablando sin concesiones políticamente correctas ni poniéndose de perfil. Un Raúl Argemí en estado puro que habla para ·El Azogue con su verdad en la mano, y ahí lo tienes, lo tomas o lo dejas. Pero, yo que tú, lo tomaba hasta el final y me iba derechito a por la novela, ya que su autor se ha tomado la molestia de contestar aquí, en extenso, sin pamplinas, directo al grano y sin dudarlo, lanzándose a tumba abierta, cuestiones que tú mismo te plantearás cuando leas el libro.

-Se habla insistentemente de que su novela “A tumba abierta” podría alzarse con el premio Dashiell Hammett de este año en la Semana Negra de Gijón. Usted me responderá, seguramente, al modo de los futbolistas, que el partido tiene que jugarse, que los contrarios son muy buenos y no hay que minusvalorarlos, y que ya hablaremos después de los noventa minutos, ¿no?
-Tres veces fui finalista del Hammett, lo gané –compartido- una vez, y dos veces fui jurado. Nunca se sabe qué agua correrá bajo los puentes. Siempre tiene algo de injusto que una buena novela se vea postergada por otra que, casualmente, es o le parece mejor al jurado. Pero, esas son las reglas del juego. Matar o morir. ¿No te recuerda a la guerra? ¿Una guerra sin mucho sentido? Y, sí, para mí la guerra nunca carece de sentido.
-Lo que sí es cierto es que se trata de una novela que rompe esquemas y eso la hace muy atractiva. Por ejemplo, brincando sobre lo políticamente correcto, trasluce un gran desengaño sobre la utilidad de la lucha armada desde el punto de vista del ex guerrillero urbano. O, si no sobre dicha utilidad, al menos sobre la viabilidad de la misma cuando se enfrenta a molinos que son gigantes (¿o viceversa?)
-Los esquemas son tan lamentables como las tradiciones para justificar casi todo. La vida no tolera esquemas. Pero vamos a lo nuestro. No se trata del desengaño por la lucha armada, tal vez sí de una pérdida de ilusiones a cerca de lo esperable de nosotros los humanos. Somos una mala peste, que se sostiene con imágenes ilusorias, las benditas ilusiones. Es muy posible que con la violencia no se consiga mucho, pero sin la violencia es seguro que no se consigue nada. La historia del mundo lo demuestra hasta el cansancio. Los tiempos de paz son guerras encubiertas. En todo caso, la violencia como herramienta única o privilegiada es autodestructiva. Tiene, necesariamente, que ser parte, sólo parte, la más chica en lo posible, de una concepción política mucho más amplia. ETA se dejó arrastrar por la dinámica de la violencia y se suicidó. Es cierto que no se construye nada sin destruir algo. Nuestro cuerpo está construido por comida, en un proceso que podemos llamar, con educación de buena mesa, trasformación, pero, que le pregunten al cerdo dueño del jamón que comes qué piensa de ese asunto. No tiene sentido hablar de la violencia como algo ajeno, suprimible, es parte nuestra.
Las teorías de la llamada escuela francesa de lucha contrarrevolucionaria, que aplicaron lo franceses en Vietnam y Argelia, y que replicaron sus discípulos americanos, del norte y del sur, otra vez en Vietnam y Centro y Sud América, hoy no tienen defensores. Con su método de tortura y desaparición del enemigo, tuvieron éxitos inmediatos, pero perdieron todas las guerras en el terreno político. Todos los conflictos entre humanos son políticos y la violencia, la guerra, por sí misma, no resuelve esos conflictos. Es necesario construir, atender a la razones del otro. La rabia no se acaba matando al perro. La rabia tiene razones de ser, siempre, y siempre nacerán nuevos perros.
Mi novela está centrada, desde la elección del protagonista, en otro tema. En el costo personal de los participantes en una guerra, justa o injusta, da igual. Nunca serán ya los mismos. La guerra, la ganes o la pierdas, otra vez da igual, te habrá dejado cicatrices imborrables, se habrá cobrado parte de tu humanidad. Nunca se vuelve de la guerra, va uno y retorna otro distinto. El conflicto del protagonista es que se pregunta si ese costo valió la pena. Si no era mejor hacerse cargo de que la humanidad es irrescatable. Al fin, es el meollo de “El cero y el infinito” la muy profunda novela de Arthur Koestler. Uno de los tres libros que llevé conmigo, luego de regalar mi biblioteca, cuando me mudé a España. Otro era “El arte de la guerra”, de Sun Tzu, y el tercero “El hombre malo de Body”, una excepcional novela negra de Doctorov. En la novela de Koestler el protagonista, que sabe que será asesinado por el estalinismo, se pregunta si la revolución se podría haber hecho de otra manera, para no llegar a esa mierda. Y morirá sin respuesta. Mi protagonista, y yo, nos hacemos esa pregunta, también sin repuesta. Lo que nos diferencia a él y a mí, es que yo que fui fiel a los dictados de mi conciencia, ese Pepe Grillo que será mi única compañía a la hora de mi muerte, y eso me permite empatar. Solo que mi “conformidad” no me servía para lo que buscaba, era una elección más inteligente un personaje en carne viva.
-Una pregunta que le habrán hecho infinidad de veces, pero que espero que aquí responda sinceramente: dígame el porcentaje de hechos reales que hay en la novela. Porque usted fue guerrillero del Ejército Revolucionario del Pueblo antes de la dictadura de Videla y, como tal, la verosimilitud de las acciones que aparecen en el libro cobra una fuerza extraordinaria, como la muerte de la pareja del protagonista, las huidas, la clandestinidad, la vida en el exilio.
-Esa veracidad es resultado de una trampa artera, la narración en primera persona. El lector asocia al narrador con el escritor y le concede su credulidad, cuando, en rigor, asiste a un ejercicio de subjetividad de un personaje y se entera de lo que piensa de los otros, de los hechos o de las cosas, cuando una mirada objetiva le revelaría todo lo contrario. Lo beneficios de esa confusión me permitieron narrar “Penúltimo nombre de guerra”, la novela con la que gané el Hammett. En los dos casos combiné hechos pasados con subjetividad y ficción. Sólo que, en esta última novela, que el protagonista tenga un pasado semejante al mío potencia la ambigüedad de las fronteras entre narrador y escritor. Un escritor es un jugador con cartas en la manga, un fullero.
De todas maneras, que trabajes sobre hechos reales no hace verosímil la historia, y eso Luigi Pirandello lo pudo comprobar en carne propia con una novela fallida, “El difunto Matías Pascal”. Cómo se narran es lo que les da el tinte de verdad, no que hayan sucedido. Además, no son los hechos “reales” el material del que se alimentan nuestros personajes, sino el recuerdo posterior de ellos, la reflexión inevitable y su reconstrucción en la memoria. La escritura es una apertura voluntaria del inconsciente para que los personajes tengan de qué alimentarse. El escritor que crea que está al margen de ese proceso es un tonto que no sabe que juega con fuego. Y está hasta las pelotas, porque se le puede hacer una radiografía a través de personajes que revelan lo que quisiera ser, y lo que no quisiera ser. Yo estoy, soy parte, de todos los personajes de mis novelas. De todos. Porque lo viví o porque me lo contaron y por alguna razón se me quedó grabado. Hay solo dos materiales en juego en la creación, lo que uno desea y lo que uno teme. Eros y Tanatos. Luego está el proceso que convierte deseos y temores, atracciones y rechazos, en un hecho literario, en una ficción que teatraliza de cierta forma lo materiales vírgenes. Porque la ficción es una síntesis que supera al testimonio ampliamente, va más a lo profundo. Entonces está el libro, que es a la vez puente y frontera. Es puente porque propone un contacto y es frontera porque en el libro termina el mundo del escritor. Cada lector va a construir un libro distinto, desde sus deseos y sus temores. Suelo decir que con el libro el autor propone una escritura de pentagrama, que todavía no es música, y el lector la realiza en música desde su propia orquesta. Si el lector tiene cuerdas, habrá violines, si tiene tambores y maracas, sonará como patadas a un tacho.
Seamos claros. Con el libro ya no es necesaria la existencia del autor, podría desaparecer en el espacio, tranquilamente. Es como el zángano que fertilizó a la reina, y luego murió. El libro es un resultado superior, que borra al autor. Por lo que preguntarse qué hubo de verdad en el proceso del escritor solo sirve para el cotilleo. Sería más inteligente que el lector se pregunte por qué se siente tocado, si es que le sucede, y desde dónde está construyendo ese libro. Pero, para que no me acuses de sacarle el culo a la jeringa, te digo que le cedí a los personajes varias cosas de mi vida en el siglo pasado. Una infancia de niño maltratado, muerte, clandestinidad con varios nombres y mi paso por la cárcel, especialmente por los pabellones de la muerte. Y, sobre todo eso, la conciencia de que de la violencia no se retorna. Alguna vez, en mis primeros años de España, dije que escribía desde la violencia conocida de cerca, no desde la vista en el cine. Hoy te digo lo mismo. Para hacerla cortita, en esta novela hay muchas cosas mías, pero miradas desde alguien que no soy yo, sino un tipo en carne viva, al final de todos los caminos.
-Me imagino que habrá dejado mucha piel en la escritura de este libro: dolores que afloran, sinceridades que hay que pagarse algún día a sí mismo (ajuste de cuentas personal lo llaman los cursis), pérdidas…
-En rigor, tengo sólo un par de novelas negras, y en todas ellas fui al límite. No sé escribir de otra manera, al menos lo que yo entiendo por novela negra.
-Por cierto, y hablando de pérdidas, el protagonista no puede serlo mejor para una novela negra: pierde el nombre o los nombres (es uno y trino, como Dios, vive bajo tres personas y una sola esencia), el barrio, pierde la pareja, pierde a los compañeros, pierde el país, ¿pierde la fe, el norte?, porque da la sensación de estar impregnado de un escepticismo absoluto.
-Así es. Piensa que nada valió la pena. Esa es una diferencia que nos separa. Yo sigo en contacto con viejos compañeros, compartiendo la convicción de que un mundo mejor es posible, y haciendo lo que podemos para que eso sea realidad. lo que, ya lo digo, no con demasiado entusiasmo. Cuanto más conozco a mi especie más quiero a mi perro, de terracota. Creo que con ver qué votan las mayorías, pongamos en España, pongamos en Argentina, ya tienes razones para buscarte una isla desierta.
-Usted es uno de los maestros de la novela negra argentina, y ésta, por lo que conozco, se caracteriza por una mezcla inteligente de dureza, roadmovie, personajes alucinados y un humor que casi siempre se reboza en ironía y en sarcasmo, y en mucho cinismo. ¿Qué les hace ser así, la impotencia ante lo que Machado llamaba los eventos consuetudinarios que acaecen en la rúa (o sea, la realidad que les rodea)?
-Me tira para atrás que alguien me suponga su maestro. Hago mi camino pensando que más allá del horizonte me espera algo mejor; voy en su busca, y apuesto lo que tengo. Lo llamo, parodiando a las enseñanzas de Don Juan, el camino del guerrero. Que algún autor me lea y compare, a favor o en contra, es algo natural, porque los libros nacen de los libros. Yo, ahora, estoy releyendo las tragedias de Sófocles, porque en las tragedias griegas de 400 años ante del supuesto nacimiento de Cristo está todo lo que hoy seguimos narrando. Y me comparo, me exijo, me pongo metas. En cuanto a cómo somos los argentinos, aunque las generalizaciones sean resistidas, hay mucho de lo que dices. La ironía, incluso el cinismo, te salvan del suicidio. Gila dijo alguna vez que los mejores chistes se te ocurren cinco minutos antes de tu fusilamiento, y es rigurosamente cierto. No es casual que Gila fuera muy admirado y querido en Argentina. Por otra parte, la Argentina que hicieron los inmigrantes, y yo vengo de esa fuente, tiene leyes de frontera: todo vale, mientras no te agarren. Y si te agarran, y bueno viejo, mejor que silbes una canción mientras te cuelgan de una higuera ¿no?. Al fin, el mundo se mueve gracias a los alucinados. Los otros comen, cagan y, cuando creen follar, sólo reproducen la fuerza de trabajo. ¿Suena elitista? Y, sí, soy elitista.
-En “A tumba abierta” los integrantes del comando que manda la pasta conseguida mediante sus acciones, a buen recaudo a Suiza, no se llevan precisamente como hermanos. No es que se les exija a los comandos que sean miembros de una ONG, pero las actitudes que muestran en la obra delatan un grado nulo de empatía entre sí. En España tuvimos el caso de Yoyes y algún otro, a los que su propia organización, la ETA, quitó de en medio (les dio boleta, como dicen allá) por ser críticos, por querer dejar el asunto, por cansancio… Y Roberto Bardini, en sus reportajes sobre el asesinato del poeta, periodista, ensayista, novelista y revolucionario salvadoreño Roque Dalton (a manos de sus correligionarios), también recoge un hecho análogo. Además, en el caso de Dalton se añade la circunstancia de que se acostaba con las mujeres de algunos compañeros. Por otra parte, en la película española de Imanol Uribe “La muerte de Mikel” (1984) es un abertzale vasco el que es criticado y abandonado a su suerte por los compañeros a causa de su homosexualidad. Como dice Bardini hablando de Dalton, da la sensación que en movimientos de ultraizquierda, incluyendo los maoístas (Roberto Bardini cita expresamente al peruano Sendero Luminoso) la gente es muy estrecha en lo sexual aparte de mostrar ningún respeto por la crítica a la “orga”. Y encima en estos días se cumplen 50 años de la Revolución Cultural china con su carga de busca y captura al disidente. En su novela, digo, todo esto queda muy bien reflejado, ¿podría incidir un poco en el porqué de que esto sea así, en cierto poso que habría quizás que abordar desde la lógica freudiana de estos movimientos? Si me lo permite, claro.
-Freud es un grande porque inventó la publicidad moderna, vistiendo con ropa clásica una idea nueva; el complejo de Edipo es su obra maestra. Fuera de eso, ya no me parece relevante. Pero vamos a lo que dices, que son varias cosas. En las organizaciones basadas en la clandestinidad la amistad, como se la conoce habitualmente, es un imposible. No se puede “ir de copas” con tu compañero sin cavar tu tumba, o la suya. Cuanto menos sepas de él, o ella, da lo mismo, tanto mejor. Y viceversa. Lo que no se sabe no se puede cantar en la tortura. Con lo que el resguardo de lo personal es obligatorio para la seguridad de todos. Entonces, al menos esto pienso yo, aparece lo que Saint-Exupéry vio en la guerra civil de España. Se va a la guerra por las banderas y se termina combatiendo por los compañeros caídos; la guerra se te hizo algo personal. Esa ligazón es mucho más fuerte que cualquier amistad, o la relación que puedas tener con tu hermano. Estás compartiendo la muerte, que no es poco. Por eso, cuando alguien se “da vuelta” duele tanto. Está tirando a la basura muchos muertos.
Ahora, si me lo permites, resumo dos de tus interrogantes en uno, porque tienen la misma raíz. La concepción mojigata de la sexualidad y la violencia hacia los propios, es una herencia de mierda del peor catolicismo y la versión rusa y “proletaria” del seminarista de Georgia, Stalin. Lenin tenía muy claro que no se debe usar la violencia para dirimir diferencias entre camaradas. Pero Lenin murió, y vino lo que vino: revoluciones hacia el futuro con éticas y métodos del tiempo de la inquisición. Una cagada. Ojo, puede parecer que lo tengo muy claro, pero es que después todos somos inteligentes. Lo difícil era verlo cuando uno remaba, al tiempo que construía el bote. Como soy bastante existencialista, que toda oleada política o cultural sea hija de las que la precedieron no me exime de responsabilidad. Pero, en términos de análisis histórico, no tomarlo en cuenta es un desatino. Al fin, es un axioma irrebatible de las ciencias duras, que no se puede descubrir o ver nada que no sea previsible en tu sistema de pensamiento. Porque nada nace de la nada.
-Entonces, seamos claros, entre los compañeros de guerrilla, se tomen como hermanos, o no, ¿se establece entre ellos en muchas ocasiones esa competencia que puede llevarles al fratricidio? Autores como Adler apuntan a que la rivalidad entre hermanos (o iguales) que desemboca en crimen se basa en una lucha por conseguir poder, espacio o importancia (dentro de la familia, o fuera pero en ámbitos compartidos, en cada caso). Y Sulloway determinaba que la rivalidad entre hermanos con resultado de muerte no es otra cosa que un aspecto más de la darwiniana competencia natural de las especies por la supervivencia. No me negará que la teoría es atractiva, y que en la novela hay bastante de ambos supuestos.
-Los teóricos me aburren. Son prisioneros de sus bonitas construcciones. Y tanto que se permiten hacer lo que está prohibido en la ciencia, analizar los fenómenos colectivos desde las categorías que corresponden al individuo. Antes que lo digas, lo digo yo: analizar al individuo sólo desde los condicionantes sociales y colectivos también es un disparate. Leo ensayos sobre estos temas, pero siempre los tomo con pinzas. La mayoría son parciales y hechos desde alguna escuelita teórica que busca su auto confirmación. En fin, como soy muy bruto, y formo parte de la minoría argentina atea de dioses y psicoanálisis, te digo que sólo quien estuvo en la guerra sabe de qué se trata, y nunca podrá compartirlo con el que no estuvo. O sea que, todas esas bonitas teorías me encantan… como obras de ficción. Atento a tu exposición de lecturas, admito que consideres esto como un exabrupto. Es un exabrupto; porque pone en marcha viejos y feos reflejos. De tanto en tanto, en la cárcel éramos entrevistados por psicólogos o psiquiatras. Su diagnóstico era siempre el mismo, “personalidad paranoide”. Hijos de puta… Vivíamos apaleados, escupidos, torturados, cuando a los carceleros se les cantaban los cojones. ¿Por qué íbamos a abrirnos con alguien porque era psicólogo o psiquiatra, cuando hasta había curas que centraban la salvación de tu alma en la delación de tus compañeros? Que les dieran por el culo. El que en esa situación no estaba a la defensiva, “paranoide”, era un loco perdido.
-Cambiando de tercio, tengo que confesarle que he disfrutado mucho con las páginas en las que describe la experiencia como exiliado en España del protagonista. No me había hecho nadie reflexionar tanto sobre nosotros mismos desde José Cadalso (¡vaya apellido!) con sus “Cartas marruecas” o incluso desde los artículos de Larra y los cuentos de Camilo José Cela. Nos retrata, bueno, retrata aquella España nueva rica de los ochenta y noventa, con ironía, cinismo y mucho sarcasmo. Seguramente sin pretenderlo, por culpa de la trayectoria en España de su protagonista, también usted le hace representar el estereotipo del argentino vivales, poco de fiar, que es capaz de engañar a todos, incluso a políticos que –bien es cierto- se la han buscado.
-Acotación al margen. “Cambiar de tercio” solo se entiende donde hay corridas de toros. En argentina es sánscrito. Decimos, “cambiado de tema”. Los idiomas nos separan. El tema no es ser argentino, es ser un sobreviviente, alguien que, llegado el caso, para comer le robaría las monedas a un ciego. En el protagonista de mi novela extremé dos miradas que tengo hacia los españoles. Por un lado, cierto amor desmedido que les exige ser perfectos, por mis abuelos vascos y porque la dignidad de los republicanos en la guerra civil fue parte de mi educación política y sentimental. La otra mirada tiene que ver con que soy extranjero, me siento extranjero, en cualquier parte. Y eso libera los ojos. Digamos que, desde que salí de la cárcel, siempre estoy afuera, también en Argentina.
-Es impagable esa clasificación de los políticos en dos categorías: los débiles de espíritu que necesitan que los quieran y los psicópatas que no quieren a nadie, sólo al poder. Imagino que en Argentina pasa igual.
-Bueno, Carles Meléndez Ripoll, última identidad del protagonista en España, tiene esa mirada, te diría sanguinaria, yo soy más tibio; y no le haría una campaña política a mis enemigos. Pero, recordando que Lenin decía que un revolucionario es un oportunista con principios, podríamos decir que un gran dirigente político es un psicópata con utilidad social.
-Las referencias al libro “El arte de la guerra” de SunTzu son numerosas en su novela. Como usted dice, las teorías del general chino son igualmente aplicables a la política y a otros ámbitos sociales; por ejemplo, investigando el asunto, he descubierto que incluso en Wall Street llevan a rajatabla las enseñanzas de SunTzu. ¿Marcaba sus actuaciones en la guerrilla este libro? Porque lo sorprendente es que el fin último de ese tratado es conseguir la victoria, derrotar al enemigo, pero sin llegar al conflicto armado o directo si es posible, siendo preferible el despliegue de artimañas, engaños, amagos, etc., cosa que se compadece poco con la lucha armada, ¿no? Dice SunTzu “la mejor victoria es vencer sin combatir, y ésa es la distinción entre el hombre prudente y el ignorante”. Bueno, la verdad es que no me he caído de un guindo y no nací ayer, por eso imagino que las razones de la guerrilla y sus modos en aquella Argentina serían poderosas. Pero, por favor, coméntemelo.
-Confieso, padre, mi pecado. Recién en la cárcel leí a Sun Tzu, y me hice adicto. Lo he leído mil veces, y siempre comprendo algo nuevo. Sólo que no me sirve para enmendar el pasado. En los 80 se me ocurrió que podía escribir un librito de “autoayuda” para ejecutivos, aplicando Sun Tzu a los negocios, pero me ganaron de mano. Igual no lo hubiera escrito, para no envenenarme, así que, pasados lo años, terminé por cedérselo al protagonista de “A tumba abierta”, que lo apuntó los políticos con su libro “HP, el arte de serlo y triunfar en política”, donde el HP corresponde a hijo de puta.
-Las referencias a las turbulentas relaciones del protagonista con Adela en Barcelona son muy evidentes para los que estén al tanto de su propia vida. ¿No teme que alguien saque conclusiones con su vida privada? (Y cierto pudor me hace no ser más explícito porque a lo mejor la pregunta no viene al caso, disculpe, pero llegó a escribir en Facebook que “no había para los niños, pero sí para… otras cosas más o menos-). Puede no contestar y mandarme al guano.
-Hasta ahora venías bien, pero tuviste que derrapar hacia el cotilleo, una de las virtudes teologales de los españoles. Francamente, me importa un carajo lo que los lectores puedan inferir de mi vida personal.
-Vale, me ha mandado al guano, jajaja. Sigamos. Es significativo que, de las mujeres que aparecen en el relato, las dos o tres principales son unas perfectas psicópatas, peligrosas. Incluso, en un caso, asesinas directas y confesas, y en otro, homicida en potencia, autodestructiva. Unas joyitas, vamos. ¿Es mala suerte, o es tener un ojo clínico fantástico para elegir relacionarse (o enamorarse) con las menos convenientes?
-Las mujeres que citas son, antes que nada, víctimas. Sufren. La vida, el entorno, las circunstancias, hicieron de ellas lo que son. El suicidio de la Rusa y por qué se mata, dice mucho sobre quién es, más allá de su locura. Por otra parte, a tenor de lo que dices de relacionarse con las “menos convenientes”, te digo. Me gustan las mujeres intensas. El resto, lo conveniente, es aburrimiento, o transacciones de vida que no valen una mierda; negocios de mediocres, de gente que prefiere ser un puto funcionario, con jubilación asegurada, antes que ser Colón, un descubridor de nuevos mundos.
-Y, hablando de amores y de sexo, en la novela aparecen rasgos muy pacatos del protagonista, algo infantiles o adolescentes por sus inseguridades relacionadas con este terreno. Esas inseguridades, esos miedos, no es fácil suponérselos a un avezado guerrillero de vuelta de todo y con la muerte siempre en los talones o en la punta de la pistola.
-Bueno, tenemos distintos puntos de vista, como pertenencias a culturas distintas. Para Juan H. Gutiérrez, alias Carlos –o Carles- Meléndez, los adolescentes son los españoles, con su pasión por pasar de todo a base de alcohol, chocolate y cocaína, en cualquiera de sus combinaciones. Se puede ser, al mismo tiempo, varias cosas, tal vez contradictorias: por un lado un cruzado kamikaze, y por otro un gran boludo. Hay gente pa’ to, incluso en una misma persona.
-En cuanto al dinero, sí es cierto que se trasluce en el libro un despego total por el mismo en la vida del ex guerrillero. Parece que si se interesa por recuperarlo de la entidad suiza donde lo colocó la organización es por pura necesidad. Aunque imagino que no será la tónica general, ya que, como decimos en España, “tras perdidos, al río”, o sea, que una vez que todo se ha ido al carajo, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, como también solemos decir.
-Mira… lo del “vivo al bollo”, me parece una porquería. (Nota del redactor: me parece evidente que el entrevistado se refiere a las connotaciones sexuales del término, aunque no es esa la intención del refrán). Como perimido marxista, y antes, mucho antes, militante en las juventudes católicas –hasta que el ateísmo me liberó, en parte- pienso que si tu vida no tiene un sentido trascendente eres igual que una vaca. Durante bastante tiempo tuve, bajo el piso de mi habitación, dinero para comprar siete casas. Comía arroz un día, y el otro también, y racionaba mis cigarrillos, porque ese dinero era sagrado. Es sagrado. Los anarquistas que guardaban los fondos para el socorro obrero, o algo parecido, morían de hambre antes de tocar un céntimo. Los personajes centrales de mi novela se mueven por otras razones, no por el bollo. No han vendido sus vidas por un plato de lentejas o una segunda vivienda de vacaciones. Pueden no gustarle al pequeño burgués aposentado en su mediocridad, pero yo los respeto, porque soy un “elitista” que detesta la mentalidad de tendero.
-Para terminar, y deseando haber creado en los lectores las suficientes expectativas y el necesario morbo, que es por lo que, al fin y al cabo, uno se acerca a comprar un libro, dígame: ¿Quien mal anda, mal acaba? ¿Es posible rectificar cuando el compromiso es o ha sido demasiado alto? ¿Quién pone los límites cuando ni uno mismo es capaz de escapar y ya sólo actúa por la mera supervivencia?
-El pasado no se puede cambiar. Ni lo que te gusta, ni los errores. Lo llevarás contigo hasta el final. El refrán “quien mal anda mal acaba” es otro miserable refrán de los curas de pueblo. Los mismos que te prefieren borracho y mansamente resignado antes que subversivo. La vida es un camino sin retorno. Dime qué haces hoy y te diré quién eres.
-Ha sido un placer renovado, don Raúl. Mucha suerte y espero que sean muchos los lectores que se atrevan a disfrutar y pasárselo bien no sólo con éste sino con el resto de sus libros, que doy fe que son apabullantes, alta literatura, placer intelectual que hace reflexionar, y mucho entretenimiento asegurado. Y no es cumplido, ya que los he leído casi todos.
-Gracias, viejo. Al fin, sin buenos lectores no hay buenos libros, por todo ese mambo de la escritura de pentagrama y la orquesta de cada uno.